jueves, 27 de junio de 2019

La Miseria Humana y la Nobleza de Espíritu. Un ¡Ay! por la impotencia.

"Aylan",autor deconocido, Banksy; 2015.


Para mi sobrina Carly (mariposa),
niña-mujercita formada en la solidaridad.





Primer parte, LA MISERIA.

Hace cuatro años una imagen rodeó al mundo, Aylan Kurdi, niño que huía del horror Sirio, murió ahogado junto su madre en su intento de escape a Europa; su cuerpo en las costas turcas parecía dormido soñando en los juegos y el futuro que esperaba alcanzar más allá del terror y pobreza de la guerra, nos dolió como humanidad por los hubiera que en pocas manos quedaron. Inspiró sendas expresiones artísticas que espero le hayan construido el cielo que en vida no tuvo, éstas aún arrancan lágrimas.

Hace cuatro días los cuerpos de Oscar y Valeria Martínez sucumbieron en las corrientes del Río Bravo, yaciente, permanecía sujeta a la playera que su papá ató entre ambos; parecía dormida soñando en una mejor vida que nunca será, me dolió como humanidad por las decisiones que en pocas manos quedan y sellaron su destino. Aún me arranca tristeza la imagen, no he visto aún alguna expresión artística hacia ella.

Valeria Martínez y Aylan Kurdi habrán de encontrarse en el cielo de los hubiera, al que se llega por el camino de las buenas intenciones que a veces también conduce al infierno; ambos son víctimas de la miseria como negación de bienestar, sinónimo de pobreza material, imposibilidad de subsistencia y necesidad de sobrevivir, la miseria que debemos contener y erradicar con derechos, equidad, inclusión, pero más aún, con solidaridad.

La otra miseria, las más perniciosa y  que no tengo dudas que está presente en nuestra sociedad mexicana, es la miseria humana. Manuel Montalvo en su ensayo sobre la Miseria y el Mal, sostiene que el principal error frente a la malicia o miseria humana, es dudar de su posibilidad y pensar que nos es ajena como personas. Una de sus expresiones es la vileza presente cuando el interés propio deja de lado cualquier sesgo de compasión por un tercero.

Sin duda esto pasó en el juego de dimes y diretes políticos en el que muchos cayeron ante la tragedia de Valeria, abrumaron las expresiones de racismo, las burlas, el clasismo, las disertaciones mordaces y la xenofobia. Esas voces las leí con el mismo horror y repulsión con las que he visto en los noticiarios cómo se patea a un linchado inocente.

Esta miseria humana no dudó en utilizar los cuerpos de Valeria y su papá como materia de politiquería, tornándose en dos bandos; por un lado, los que asimilaron su desprecio al mandatario y sus políticas en un rechazo a cualquier migrante que pueda ver una oportunidad en México atraído por los dichos y programas de éste, por otro, los que apoyando la política anti migratoria reciente de nuestro gobierno, sentenciaron bajo la consigna de que lo merecieron por traernos a cuestas sus problemas al país, los prejuicios surgieron tanto de perfiles que se asumen de derecha como de izquierda.

En México no hubo esperanza para Valeria Martínez, tampoco arte para su cuerpo inerte, ni paraísos como los de Aylan, predominó el odio espetado con politiquería. La miseria humana prejuzgó, juzgó e inventó falsos silogismos desde su propio interés o simpatía. Con palabras la lincharon apenas siendo una bebé de año y medio, miseria humana.



Segunda Parte, LA NOBLEZA.

Siempre he creído que ante la imposibilidad de brindarle una buena palabra a alguien que sufre o que ha padecido una desgracia lo mejor es guardar silencio, no fue el caso de quienes opinaron sobre lo acontecido asumiendo la diatriba xenófoba como premisa de sus dichos.

Considero que el ensayista Rob Riemen, cuando escuchó las historias familiares del holocausto cargadas de desesperanza, rencor, horror y abandono social, se cuestionó lo siguiente: ¿qué propicia que una persona pierda su sentido empático ante la desgracia?, ¿cómo hacer frente a la maldad y vileza avaladas por la mayoría?, ¿cómo evitar la colectivización y normalización de estos fenómenos?, son preguntas recurrentes en muchos de nosotros y presentes cada cierto tiempo en las sociedades.

La respuesta de quienes asumimos una postura más empática ante la tragedia de Valeria, so riesgo de ser sujetos también del linchamiento verbal de los bandos a los que me referí, se sustentó en argumentos cargados de reflexión, compasión, respeto, esperanza, humanidad, solidaridad, llamados de paz e incluso de misericordia; sin embargo, la visceralidad también nos arrolló; en tiempos de miserables, hablar en pro de la dignidad de las personas es un acto de valentía.

La palabra misericordia tiene la misma raíz que el de miseria, misere – desdicha o desgracia, pero se acompaña también de la raíz cordis – corazón, corazón ante la desgracia; si bien es un concepto que remite a nociones religiosas, su acepción más amplia es la benevolencia por quien sufre. Ésta, más los valores y virtudes antes enumerados, conjuntados con la valentía, es lo que Riemen engloba en su ensayo “Nobleza de Espíritu, una idea olvidada” bajo el concepto precisamente de Nobleza de Espíritu.

La Nobleza de Espíritu debe prevalecer ante acciones que impliquen el dolor y sufrimiento inmerecido, se sustenta en los valores de empatía que el humanismo ha construido en pro de la preservación de la humanidad, los que deben ser un ancla ante la tragedia ajena y se refuerza en dos premisas fundamentales: La no claudicación de la Libertad de Conciencia y la preservación del propio Pensamiento Crítico, especialmente frente a un interés particular o efímero; quien renuncie a éstas por su mero beneficio o convicción, acabará justificando todo, incluso el genocidio.

El interés político sustentado en la polarización, que ha terminado por generar procesos como el holocausto, conlleva lo que Thomas Mann evidenció cuando sostuvo: “la política (contextualizada cómo sinónimo de politiquería) no está facultada para prometer la felicidad”, ésta normalmente deja de lado la empatía por el diferente, construye rivales ficticios en la mera discrepancia de opinión y tiende a inventar culpables de la propia ineptitud. Declinar la conciencia crítica y la libertad de opinión ante la simpatía o animadversión partidista, nos acerca a los lindes de la miseria humana, pasando incluso por encima del cadáver de una bebé ahogada.

Mi madre y mi abuela continuamente me hicieron reconocer y comprometerme con la verdad e incluso pedir disculpas o perdón por dichos que sustenté en la mentira, sin saberlo asumieron lo que Camus propuso como piedra angular del compromiso con la verdad, si confesáramos públicamente que nos hemos equivocado, asumiríamos con recurrencia la cimentación de valores en pro de la verdad y en lo sucesivo comenzaríamos a actuar en pro de su consecución, preservación e ilustración en beneficio colectivo. Quizá mi abuela y mi madre no sepan quién es Riemen, ni que habló de la Nobleza de Espíritu como antídoto a la Miseria Humana, pero siempre han entendido lo que es una persona noble y el don de gentes.

A.G. Cabrera
26/junio/2019

domingo, 6 de enero de 2019

Día de reyes según mi abuela (reeditado):

"La adoración de los Reyes" (Rubens 1629)

Durante mi infancia, cercano el día de reyes, entre una pieza de pan de grasa y leche caliente que en la merienda mi “abue” Catalina nos daba cuando nos dejaban quedar a dormir en su casa, recuerdo al menos en cuatro ocasiones esta anécdota contada por ella:

Nacida en un rancho familiar llamado “Rancho Viejo”, en Dolores Hidalgo Guanajuato, (lugar de origen de una rama de los “Alamilla”), en aquella hacienda pobre, tal como ahora, no existía contacto más que con la propia familia, la tierra, los animales y la sierra de Santa Rosa.


Mi bisabuela Nicolasa “la perla blanca”, al menos en dos ocasiones, les llegó a decir que rezaran con mucha fe para que los Santos Reyes y el niñito Jesús se acordaran de ellas; tendría como ocho u nueve años cuando esto pasó y en su corazón, dice, nacía mucha devoción para que les trajeran unas muñecas; ella, junto con mis tías abuelas mariquilla y lola, se hincaban repitiendo las jaculatorias que mi bisabuela les indicaba.

Rezaban el santo rosario mientras se consumían las velas de cera de abeja pegadas al cuarterón de la cocina, pedían por su mamá y su papá, por sus hermanos que sacaban las vacas y las chivas al cerro, porque la troje se llenara ese año, por la leche, los quesos y conservas, por las monjitas que llegaron a darles catecismo y ensenarles a leer, por el agua de la presa, por sus hermanas para que los cristeros no se las llevaran y… por muchas cosas más. – ¡Así no Catita!, después del santo credo uno no se persigna sólo “en el nombre del padre”, sino completo, “por la señal de la santa cruz ” – insistía mi bisabuela.

En alguna, de ese par de ocasiones que rezaron a los santos reyes, dejaron el único par de zapatos que tenían en espera de un regalo, ella y mis tías abuelas no pudieron dormir de la emoción por lo que les traerían los “santosreyes”, el ladrerío de los perros tampoco ayudaba en esto. Al amanecer, cuenta que no encontraron regalos, zapatos, ni nada... no había nada; era el segundo año que pasaba y la desilusión no se sintió tan fea como la primera vez, ahí se le quitaron las ganas de hacer servicios en la capilla con las monjas, no los retomaría sino dos años después, para poder escaparse del rancho, tampoco terminó de enseñarse a leer y escribir.

Las friegas en el rancho eran duras y de sol a sol, por lo que ese día de reyes, a la hora de ordeñar en los corrales de las chivas descubrieron dos cabezas de monas mordidas y desgreñadas, - hasta con los pinches zapatos cargaron los chingados perros, nos rompieron todo -; cuenta que pasó descalza como quince días después de aquello . Cuando nos contaba esto, siempre decía que estuvo mejor que se llevaran las muñecas los perros, porque igual eran dos monas y alguna de ellas tres hubiera estado triste sin muñeca, fueron las únicas hermanas que ya mayores y en su senectud mantuvieron contacto, mi abuela es la única que aún vive.

Ahí se le acabó a mi abuela, creo, la confianza en la oración sin sentido, pero cobró más fuerza en ella la fe y coraje por salir adelante, a lo largo de su vida les necesitaría en muchas ocasiones. Faltarían poco más de dos años para que viera por última vez a su mamá, papá y algunos de sus hermanos y hermanas; tendría más o menos doce años cuando las mismas monjas que subían al rancho le pidieron a su mamá que se las prestara como criada, mi bisabuela no le preguntó dos veces y ella decidió que se quería ir a conocer la ciudad, Guanajuato, nunca volvió a Rancho Viejo. Al poco tiempo de llegar a la ciudad se escapó, comenzando a fraguar la propia historia de esta ala familiar, al margen de aquellas tierras serranas, de los perros que la privaron de tener un regalo de los santosreyes y desheredada para siempre de esa miseria hermosa. 

Esa primera decisión de vida y valor en una niña analfabeta, que al poco tiempo sería mamá con apenas quince años de edad, dio pauta para que el panorama fuese mejor en cada generación de nuevos hijos, hijas, primas, primos, nietas, nietos y quienes siguen en las generaciones que aun convivimos con ella.

El día de hoy, estoy seguro, la cuarta y quinta generación de esta familia, recibirá con entusiasmo y abundancia sus lindos regalos de los “reyes magos”. Quizá, la gracia del regalo recibido por las nuevas generaciones familiares tendrá algo que ver con esa primera decisión de una niña llamada “Catita”, quien encontró valor en los girones de su regalo en un corral para dejar su casa y construirnos una nueva, donde se contó muchas veces esta anécdota.  


El carácter de la abuela Cata se reflejó en algún mensaje de año nuevo dirigido a quienes componemos esta familia. Tomada en video, a sus ochenta y tantos años de edad, con sidra en mano brindando, nos dijo con voz franca:

- Les quiero y les amo mucho, los tengo a todos en mi corazón y a sus familias donde quiera que me escuchen. Brindo por ustedes, pienso en ustedes y pido por ustedes… ya nos les digo más, porque si no los voy a ofender por no venir a verme tan seguido… pero les amo a todos, donde se encuentren y lo que hagan sólo espero que sean felices y busquen la felicidad-.

Sean felices, ¡feliz día de reyes!  

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